domingo, 18 de abril de 2010
Si tu me miras de Laura Antillano por Eloi Yague
Si tú me miras, de Laura Antillano
Buenas tardes. Me ha tocado el inmenso honor de presentar la más reciente novela de Laura Antillano. Es un honor, repito, porque la Feria del Libro está dedicada a ella y es un reto también porque Laura es muy conocida y es difícil aportar cosas nuevas sobre su ya vasta obra. Pero como nunca está de más, voy a intentarlo.
Laura es una de nuestras escritoras más más prolíficas, ha incursionado en el cuento, la novela, el ensayo y la narrativa infantil. Su producción literaria se inicia cuando apenas salía de la adolescencia y continúa en actividad. Como narradora ha publicado siete libros de cuentos: La bella época (Caracas: Monte Ávila, 1969), Un largo carro se llama tren (Caracas: Monte Ávila, 1975), Haticos casa No. 20 (Maracaibo: Universidad del Zulia, 1975), Dime si adentro de ti no oyes tu corazón partir (Caracas: Fundarte, 1983; reeditado en 1992), Cuentos de película (Selevén: Caracas, 1985; reeditado en 1997 en Caracas por la Fundación Cinemateca Nacional), La luna no es de pan-de-horno (Caracas; Monte Ávila, 1988), Tuna de mar (Caracas: Fundarte, 1991). Tiene tres novelas: La muerte del monstruo come-piedra (Caracas: Monte Ávila, 1971; reeditado en 1996 en Maracay por La letra voladora), Perfume de gardenia (Caracas: Selevén, 1982 y 1984; con una tercera edición en 1996 en Valencia, por el Rectorado de la Universidad de Carabobo y La letra voladora) y Solitaria solidaria (Caracas: Planeta, 1990; reeditada en 2001 en Mérida por Ediciones El otro, el mismo). Ha publicado también el hermoso relato infantil Diana en tierra Wayúu (Caracas: Santillana, 1992). Además tiene otro libro de cuentos y dos novelas inéditos.
Bueno lo anterior me lo he fusilado de la página web de la escritora que les recomiendo la visiten porque es muy bella y está bien organizada. Lo que puedo decir de esta nueva novela: Si tú me miras, es que en ella Laura hace honor a su apellido. En efecto, esta es una novela antillana, una novela en la que se respira el aire del Caribe por los cuatro costados. La anécdota es sencilla: Una mamá y sus dos hijas adolescentes se van de vacaciones a Margarita. Lo que María Cecilia , la mamá, no sabe es que sus hijas Mafer y Maricris le han estado bsucando novio por internet, un tal Ramón Leiziaga, y que lo van a encontrar allí en la isla maravillosa, tras muchas peripecias. Lo que más me gusta de esta novela es que combina muchas cosas: por un lado es una novela romántica, por otra parte es de aventuras y, además, es una novela en homenaje al escritor valenciano Enrique Bernardo Núñez y a Cubagua, su obra maestra, esa novela que pone de cabeza a los estudiantes de literatura por la dificultad que encierra su lectura pero que a la vez es tan importante para comprender nuestra literatura contemporánea. Los personajes de Cubagua entran y salen de Si tú me miras con toda confianza: allí están Leiziaga, Nila Cálice, Malavé y hasta el historiador Mendoza. Allí, de alguna manera, entre las escaleras clausuradas del Hotel Bella Vista, se cuelan los resquicios de la historia, esa historia que no pudo ser arrasada por la modernidad y que esconde el secreto de la tierra en el areyto para invocar a Vocchi.
Laura logra componer una novela que puede interesar al público adolescente y eso de por sí es un gran logro. Para ello echa mano de recusos que cualquier muchacho o muchacha puede entender como la relación por internet, las apasionadas cartas que intercambian Mafer y su novio Julio César y que aparecen entremezcladas en los capítulos, un reflejo de los mensajes que las chicas, escondidas bajo el seudónimo de Alga Marina, escribían al novio anónimo que le buscaron a su mamá por internet. Estos son los tiempos en que muchas veces los muchachos demuestran mayor madurez que los adultos en muchas cosas. De esta manera se entremezcla el pasado con el presente, desde la más antigua referencia al pasado caribe hasta la más avanzada forma de comunicación con que contamos.
Pero disculpen, no pretendo intelectualizar demasiado una novela que ante todo es una refrescante invitación a la lectura. Me gusta también el hecho de que hay conflictos pero ellos se resuelven mediante el amor, la solidaridad y el compañerismo de unos seres que apuestan por la transparencia y por un futuro mejor para todos. Por si fuera poco está la figura de María Cecilia. La mamá de las chicas, ictióloga de profesión, estudiosa de peces y fauna marina, es ante todo una mujer íntegra, que no duda en luchar por su ideales poniéndose del lado de los pescadores que aspiran ponerle coto a una empresa pesquera que acaba con la fauna marina mediante la pesca de arrastre. En ese sentido, María Cecilia es una mujer valiente y amorosa, como La Tuna, esa mujer pirata nacida y criada en Maracaibo cuyo destino fue surcar las aguas del Caribe en pos de su amado el hijo del Olonés, protagonizando páginas estelares en la novela de aventuras Las aguas tenían un reflejo de plata, publicada originalmente en 2002 y reeditada en 2005.
Por todo esto yo me siento muy feliz de estar aquí esta noche con todos ustedes y con Laura, pues me parece que es una escritora que escribe como cuando era adolescente, nunca ha perdido ni perderá la frescura, que es la base de una escritura que realmente se conecte y se comunique con el mundo infantil y adolescente, el cual es más complicado de lo que parece y si no lo creen traten de recordar por ejemplo el primer amor que vivimos y todos los problemas que nos trajo. Laura Antillano es una escritora que valora el sentido lúdico de la literatura, es juguetona y profunda a la vez, dotada de una gran imaginación y la capacidad de componer relatos y novelas que transmiten valores humanísticos y ecológicos. Por eso te digo Laura, serás solidaria pero no estás solitaria en esta tarea. El mejor regalo que le podemos dara a Laura es leer sus cuentos y novelas una y otra vez y apoyarla para que no muera el Encuentro con la Literatura Infantil que cada año organiza en Valencia. Muchas gracias.
Eloi Yagüe Jarque, Caracas 13-11-2007.
Buenas tardes. Me ha tocado el inmenso honor de presentar la más reciente novela de Laura Antillano. Es un honor, repito, porque la Feria del Libro está dedicada a ella y es un reto también porque Laura es muy conocida y es difícil aportar cosas nuevas sobre su ya vasta obra. Pero como nunca está de más, voy a intentarlo.
Laura es una de nuestras escritoras más más prolíficas, ha incursionado en el cuento, la novela, el ensayo y la narrativa infantil. Su producción literaria se inicia cuando apenas salía de la adolescencia y continúa en actividad. Como narradora ha publicado siete libros de cuentos: La bella época (Caracas: Monte Ávila, 1969), Un largo carro se llama tren (Caracas: Monte Ávila, 1975), Haticos casa No. 20 (Maracaibo: Universidad del Zulia, 1975), Dime si adentro de ti no oyes tu corazón partir (Caracas: Fundarte, 1983; reeditado en 1992), Cuentos de película (Selevén: Caracas, 1985; reeditado en 1997 en Caracas por la Fundación Cinemateca Nacional), La luna no es de pan-de-horno (Caracas; Monte Ávila, 1988), Tuna de mar (Caracas: Fundarte, 1991). Tiene tres novelas: La muerte del monstruo come-piedra (Caracas: Monte Ávila, 1971; reeditado en 1996 en Maracay por La letra voladora), Perfume de gardenia (Caracas: Selevén, 1982 y 1984; con una tercera edición en 1996 en Valencia, por el Rectorado de la Universidad de Carabobo y La letra voladora) y Solitaria solidaria (Caracas: Planeta, 1990; reeditada en 2001 en Mérida por Ediciones El otro, el mismo). Ha publicado también el hermoso relato infantil Diana en tierra Wayúu (Caracas: Santillana, 1992). Además tiene otro libro de cuentos y dos novelas inéditos.
Bueno lo anterior me lo he fusilado de la página web de la escritora que les recomiendo la visiten porque es muy bella y está bien organizada. Lo que puedo decir de esta nueva novela: Si tú me miras, es que en ella Laura hace honor a su apellido. En efecto, esta es una novela antillana, una novela en la que se respira el aire del Caribe por los cuatro costados. La anécdota es sencilla: Una mamá y sus dos hijas adolescentes se van de vacaciones a Margarita. Lo que María Cecilia , la mamá, no sabe es que sus hijas Mafer y Maricris le han estado bsucando novio por internet, un tal Ramón Leiziaga, y que lo van a encontrar allí en la isla maravillosa, tras muchas peripecias. Lo que más me gusta de esta novela es que combina muchas cosas: por un lado es una novela romántica, por otra parte es de aventuras y, además, es una novela en homenaje al escritor valenciano Enrique Bernardo Núñez y a Cubagua, su obra maestra, esa novela que pone de cabeza a los estudiantes de literatura por la dificultad que encierra su lectura pero que a la vez es tan importante para comprender nuestra literatura contemporánea. Los personajes de Cubagua entran y salen de Si tú me miras con toda confianza: allí están Leiziaga, Nila Cálice, Malavé y hasta el historiador Mendoza. Allí, de alguna manera, entre las escaleras clausuradas del Hotel Bella Vista, se cuelan los resquicios de la historia, esa historia que no pudo ser arrasada por la modernidad y que esconde el secreto de la tierra en el areyto para invocar a Vocchi.
Laura logra componer una novela que puede interesar al público adolescente y eso de por sí es un gran logro. Para ello echa mano de recusos que cualquier muchacho o muchacha puede entender como la relación por internet, las apasionadas cartas que intercambian Mafer y su novio Julio César y que aparecen entremezcladas en los capítulos, un reflejo de los mensajes que las chicas, escondidas bajo el seudónimo de Alga Marina, escribían al novio anónimo que le buscaron a su mamá por internet. Estos son los tiempos en que muchas veces los muchachos demuestran mayor madurez que los adultos en muchas cosas. De esta manera se entremezcla el pasado con el presente, desde la más antigua referencia al pasado caribe hasta la más avanzada forma de comunicación con que contamos.
Pero disculpen, no pretendo intelectualizar demasiado una novela que ante todo es una refrescante invitación a la lectura. Me gusta también el hecho de que hay conflictos pero ellos se resuelven mediante el amor, la solidaridad y el compañerismo de unos seres que apuestan por la transparencia y por un futuro mejor para todos. Por si fuera poco está la figura de María Cecilia. La mamá de las chicas, ictióloga de profesión, estudiosa de peces y fauna marina, es ante todo una mujer íntegra, que no duda en luchar por su ideales poniéndose del lado de los pescadores que aspiran ponerle coto a una empresa pesquera que acaba con la fauna marina mediante la pesca de arrastre. En ese sentido, María Cecilia es una mujer valiente y amorosa, como La Tuna, esa mujer pirata nacida y criada en Maracaibo cuyo destino fue surcar las aguas del Caribe en pos de su amado el hijo del Olonés, protagonizando páginas estelares en la novela de aventuras Las aguas tenían un reflejo de plata, publicada originalmente en 2002 y reeditada en 2005.
Por todo esto yo me siento muy feliz de estar aquí esta noche con todos ustedes y con Laura, pues me parece que es una escritora que escribe como cuando era adolescente, nunca ha perdido ni perderá la frescura, que es la base de una escritura que realmente se conecte y se comunique con el mundo infantil y adolescente, el cual es más complicado de lo que parece y si no lo creen traten de recordar por ejemplo el primer amor que vivimos y todos los problemas que nos trajo. Laura Antillano es una escritora que valora el sentido lúdico de la literatura, es juguetona y profunda a la vez, dotada de una gran imaginación y la capacidad de componer relatos y novelas que transmiten valores humanísticos y ecológicos. Por eso te digo Laura, serás solidaria pero no estás solitaria en esta tarea. El mejor regalo que le podemos dara a Laura es leer sus cuentos y novelas una y otra vez y apoyarla para que no muera el Encuentro con la Literatura Infantil que cada año organiza en Valencia. Muchas gracias.
Eloi Yagüe Jarque, Caracas 13-11-2007.
sábado, 29 de marzo de 2008
Laura mirada desde cerca por Orlando Chirinos
Laura mirada desde cerca
Martes siete am: al parecer lo muy temprano de la hora, no es obstáculo para que las personas que laboran o estudian en la Facultad de Educación de la Universidad de Carabobo estén ya en su respectivo sitio. El septiembre de 1976 anuncia en su frescor el agradable frío de diciembre. Cruzo frente al cafetín del señor Moreno e ignoro, no sin dolor, la tentación de un café bien cargado. Oigo desde ya las risas de Migdalia, Norka Bello, Maricarmen y Francisco Liccioni. Apuro el paso, quiero estar en la primera fila para contemplar y dolerme con Edipo en su desgracia, en el inicio de la clase de hoy: La tragedia griega, de regreso de la épica del caso: Aquiles, Héctor. Me gusta como ella conduce el curso, nos gusta. Es delgada, muy delgada, tiene esa voz suave, esos gestos y movimientos lentos que pueden llamar a engaño a algunos: en el fondo presiento a un ser firme en sus convicciones, demuestra seguridad en los conocimientos que maneja. Ahora no lo sabe, y el grupo tampoco, pero dentro de un año será merecedora del Premio del Concurso Anual de Cuentos del diario El Nacional, con un título que me hará recordar, con lágrimas nostálgicas incluidas, a Raquel, mi madre.
Todavía carga el desasosiego, la rabia y la pena que se colaron en su equipaje, en el avión militar que la trajo, junto con otros venezolanos, desde Chile, tras la felonía cometida contra Allende. Claro, eso no empaña el entusiasmo, ni el coraje, ni la alegría inmensa que desbordan sus ojos negros y se le hacen sonrisa cuando celebra con sus alumnos un poema de Teófilo Tortolero: “El día termina con una llamarada/ sobre el mantel nuestra cena fue devorada/ Por los muertos/ Quiénes son ellos/ Aprisionados en el aire de estos lares/ Cansados de cruzar los campos de merinos?/ Nada sabemos de su suerte/ Mas cuando alguna vez seguimos el rastro/ Que va a las sementeras/ Creemos percibir las voces/ De nuestros amigos”.
Jueves, después de la clase de Literatura Venezolana I: acodados en el mostrador Alcides Viña y yo, intercambiamos opiniones sobre los estudios de Lengua y Literatura, Laura cruza el pasillo, allá lejos. En la tarde escribiré, después de la lectura de La imagen, un cuento suyo de 1969: He leído este relato de Laura Antillano. Me llama la atención la forma como el narrador toma distancia del texto. Comienza con una descripción de “Una fotografía pequeña, borrosa, arrugada, cruzada por líneas amarillentas y oblicuas”. El artificio trasciende su carácter funcional y va más allá: creo no equivocarme si digo que todo apunta a la humana lucha contra el tiempo. La imagen congelada es el tiempo detenido. Es el tiempo vertical, poético del que habla Gaston Bachelard.
Pero, el tiempo lineal, horizontal, el que se lee en segundos, minutos, horas, días, semanas, meses y años, convertido ahora en materia poética, es la gran placenta donde se va a cobijar el espacio. Los espacios aquellos donde alguna vez alguien fue feliz: “El sitio: un parque cubierto de césped. En el centro, una dama con vestido amplio, de puños y cuello cerrado; un gran sombrero lleno de cintas y plumas, una sonrisa radiante”. Luego: “Está arrodillada y su mano acaricia suavemente un perro altivo, señorial. El armario es bastante alto, con dos puertas y un frontón tallado de arabescos (…). Sobre el estante, un paquete de cartas ilegibles, deterioradas por el tiempo, rodeado por una cinta roja. Luego, la cesta de estambre y las agujas, un frasco de ‘Verdiver’, una edición rústica, dañada por el uso, de la Biblia”.
En el desarrollo del cuento se volverá a utilizar el instrumento descriptivo. Siento, sé, estoy convencido de que no hay nada gratuito aquí: esas pequeñas presencias le están hablando al lector desde su auténtica naturaleza. Algún día Georg Lukács, a propósito de estas enumeraciones descriptivas, me va a decir que: “La novela del siglo XVIII (Lesage, Voltaire) apenas conocía la descripción, que cumplía allí la función mínima, más que secundaria. La situación cambia recién con el romanticismo. Balzac pone de relieve que la tendencia literaria a la cual representa y que a su criterio ha sido fundada por Walter Scott, asigna una importancia mayor a la descripción”.
Reseñados los minúsculos (pero no menos importantes) objetos, el discurso se verá inundado por el amado espacio de la casa: “una vieja mansión”, con “un patio frondoso y aromático”, “el sabor dulce de los higos”, “un largo corredor”, “la mecedora”, “la poltrona”, “los retratos del difunto”, “la biblioteca”, mas… “todo en un estado lamentable”. Me toca, y mucho, ese aire de decadencia física del personaje, lo sigo en su caída vital en esa “metamorfosis destructiva, ilocalizable”, me acongoja ver a la mujer “demacrada, con los pómulos salientes” y “el cabello larguísimo (que) contrastaba siniestramente con la tez amarilla, demasiado amarilla” hasta que “se hizo borroso, se extinguió”. Me toca como lector sensible que soy, pero entreveo en esa misma decadencia, en esas mismas ruinas, lo que María Zambrano valora como un triunfo del devenir más humano y más sagrado: “toda ruina tiene algo de templo; es por lo tanto un lugar sagrado. Lugar sagrado porque encarna la ligazón inexorable de la vida con la muerte (…). Lugar sagrado donde el tiempo transcurre con otro ritmo que el que rige más allá, a unos metros tan sólo, donde la actualidad se agita”.
Septiembre de 1977, quizás viernes, después del ritual del café en el sitio de Peppe: acabo de concluir la lectura (con lágrimas nostálgicas incluidas) de La luna no es pan de horno. Sentados bajo El Manguito, en el sector “A” de la Facultad de Educación. Francisco Liccioni y Nelson Suárez desenfundan primero: cada uno blande, con ese orgullo que da el triunfo de los verdaderos amigos, el cuento que este año ha ganado el concurso de cuentos de El Nacional. Les digo que son hombres muertos: desde hace rato, antes de que ellos llegaran, tengo desplegado sobre la mesa el relato nombrado. El receso de agosto se interpuso en el contacto semanal, pero aquí estamos de nuevo congregados alrededor de un cigarrillo y una taza. Más tarde nos vamos a acercar al Departamento de Lengua y Literatura: rostros conocidos, presencias queridas: profesores de las distintas cátedras: Esther Fernández, Luisa Pla, Manuel Navarro, entre otros. El corazón es una fiesta. Juro que, aunque a distancia, yo estuve en la recepción en Caracas, en la entrega del premio. Juro, también, que soy un personaje del universo de esa luna que no es “pan de horno”, sino “de piedra y fuego, dura, insensible”. Juro que me atrae y me identifico con la valentía que se despliega al asumir la toponimia que asienta a algunas regiones del país: Maracaibo, Bobures, Barcelona, Uchire, Clarines, Cumaná, Puerto La Cruz, el río Manzanares, la vieja urbanización de El Silencio, en Caracas. Y digo valentía, por ese recato, vergüenza o pudor de ciertos narradores venezolanos que los lleva a no mencionar lo que ya la realidad ha fundado, establecido y refrendado.
Sábado, en una playa de Puerto Cabello: qué bueno toparme, en este cuento de Laura Antillano, con la sabrosa sentimentalidad latinoamericana: ya en la primera página estaba escuchando las canciones de Agustín Lara, la voz de Toña La Negra y me instalé en el corazón de los años cuarenta y cincuenta, me mudé a la vecindad de Los Panchos y Leo Marini. Me luce magistral la seguridad con la que la autora sortea el riesgo de lo cursi y construye un texto que va más allá de lo doméstico, lo cotidiano, hasta llevarlo al plano de lo universal. Es una sabia lección de cómo hacer para enaltecer lo trivial, lo pequeño. Jamás “las florecitas de bellalasonce, los encurtidos (…), los porrones de flores blancas (…), la enredadera de nomeolvides (…), los juguetes de cuerdas” habían cobrado tanta relevancia en un cuento, como ahora. Para mí mismo: me prometo preguntarle a Laura, si conoce de su época en Maracaibo, a gente amiga y militante como Arsenio Bermúdez (El Negro Pepe), Tito Núñez Silva, Néstor Bravo, Folleto y otros.
Domingo siguiente, antes de leer los diarios y anotado sin orden riguroso: el desgarramiento interior, la desesperanza, la ausencia y lo inconcluso son el objeto de interés en La luna no es pan de horno. Su final me lo va a confirmar: “… le digo que nos dejó como legado la desesperanza, porque no ha habido nada como ahogarse en esta ausencia, en esta sensación de lo inconcluso”. Hay una noción de lo circular, es una especie de búsqueda de la armonía de asuntos de signo contrario: un tiempo pasado versus un tiempo presente. Generalizando, y sin tomar en cuenta las particularidades de algunas situaciones propias de la existencia de los personajes más destacados del cuento (construido con la concurrencia de sus cosas más cercanas), el pasado es el tiempo de la felicidad y se opone al presente, el tiempo de la infelicidad. Nadie debe confundir, aun cuando existan datos que podrían ser considerados como autobiográficos, la afectividad y apego del narrador (narradora) con los del autor (autora). Me gustaría escribir un cuento de esta índole. Es efectivo el uso del diminutivo, para redondear la idea de un clima amoroso. La figura de la madre evocada no podría existir sin las presencias que conviven dentro de la casa, entendida en el sentido de refugio, de acogedor nido. El discurso narrativo va, sin violencia y de una manera imperceptible, de lo pretérito al ahora. Sin duda que hay la creación de una atmósfera. Me impresiona esa cercanía-lejanía que maneja el personaje: mostrarse involucrado con las situaciones descritas, pero sin dejarse arrastrar por la sensiblería.
Nota: La luna no es pan de horno continua alumbrando sobre el grupo. Alcides Nelson y yo nos hemos instalado a brindar repetidas veces por la larga vida del relato y la autora. Salud.
Miércoles: un aguacero fuera de temporada me ha encerrado en casa ¡Tantas cosas que hacer y yo aquí! sin poder salir, bajo pena de que se me complique la gripe que me ha tomado por sorpresa a partir del domingo último. Vuelvo sobre los libros de los amigos: la edición es de 1988. El título es el de cuento El Nacional. El sello es de Monte Ávila. Me simpatiza uno de los epígrafes de Con los ojos abiertos: “Soy la sombra de una pena”, parte de la letra de una canción interpretada por José Feliciano. Me detengo en Daguerrotipo del príncipe en sepia: releo las anotaciones que en su oportunidad hice: “Reiteración de una frase o de varias frases para avanzar en el relato”. Otra: “Digresión de un personaje para ir al pasado”. O: “Introducción de elementos extraliterarios en el discurso”. O: “Regreso al pasado (¿es Guillermo Meneses quién lo denomina “pasado activo”?)”, anotado con mi letras de garabatos. Un agregado: “El relato se estructura sobre tres objetos, sobre tres nombres, y, combinándolos, permutándolos en un tono evocativo-amoroso, se inicia y se desarrolla en la angustia de los personajes y, finalmente, desemboca donde ha comenzado: unos ojos, la lluvia y el fondo de unos balcones citadinos”.
Sí, Laura le es fiel a su escritura, me digo y miro hacia Las aguas tenían reflejos de plata. Repaso la dedicatoria: “Para Orlando, con la admiración y el eterno cariño por su literatura, su sensibilidad y su amistad”. Espero atravesar pronto y bien, el territorio éste del quebranto gripal para recorrer el golfo de Venecia, o Golfo de Coquivacoa, ese que desde “1498 fue mentado lago y Puerto de San Bartolomé”. Lo mejor de todo es que también somos consecuentes en la amistad.
Orlando
Martes siete am: al parecer lo muy temprano de la hora, no es obstáculo para que las personas que laboran o estudian en la Facultad de Educación de la Universidad de Carabobo estén ya en su respectivo sitio. El septiembre de 1976 anuncia en su frescor el agradable frío de diciembre. Cruzo frente al cafetín del señor Moreno e ignoro, no sin dolor, la tentación de un café bien cargado. Oigo desde ya las risas de Migdalia, Norka Bello, Maricarmen y Francisco Liccioni. Apuro el paso, quiero estar en la primera fila para contemplar y dolerme con Edipo en su desgracia, en el inicio de la clase de hoy: La tragedia griega, de regreso de la épica del caso: Aquiles, Héctor. Me gusta como ella conduce el curso, nos gusta. Es delgada, muy delgada, tiene esa voz suave, esos gestos y movimientos lentos que pueden llamar a engaño a algunos: en el fondo presiento a un ser firme en sus convicciones, demuestra seguridad en los conocimientos que maneja. Ahora no lo sabe, y el grupo tampoco, pero dentro de un año será merecedora del Premio del Concurso Anual de Cuentos del diario El Nacional, con un título que me hará recordar, con lágrimas nostálgicas incluidas, a Raquel, mi madre.
Todavía carga el desasosiego, la rabia y la pena que se colaron en su equipaje, en el avión militar que la trajo, junto con otros venezolanos, desde Chile, tras la felonía cometida contra Allende. Claro, eso no empaña el entusiasmo, ni el coraje, ni la alegría inmensa que desbordan sus ojos negros y se le hacen sonrisa cuando celebra con sus alumnos un poema de Teófilo Tortolero: “El día termina con una llamarada/ sobre el mantel nuestra cena fue devorada/ Por los muertos/ Quiénes son ellos/ Aprisionados en el aire de estos lares/ Cansados de cruzar los campos de merinos?/ Nada sabemos de su suerte/ Mas cuando alguna vez seguimos el rastro/ Que va a las sementeras/ Creemos percibir las voces/ De nuestros amigos”.
Jueves, después de la clase de Literatura Venezolana I: acodados en el mostrador Alcides Viña y yo, intercambiamos opiniones sobre los estudios de Lengua y Literatura, Laura cruza el pasillo, allá lejos. En la tarde escribiré, después de la lectura de La imagen, un cuento suyo de 1969: He leído este relato de Laura Antillano. Me llama la atención la forma como el narrador toma distancia del texto. Comienza con una descripción de “Una fotografía pequeña, borrosa, arrugada, cruzada por líneas amarillentas y oblicuas”. El artificio trasciende su carácter funcional y va más allá: creo no equivocarme si digo que todo apunta a la humana lucha contra el tiempo. La imagen congelada es el tiempo detenido. Es el tiempo vertical, poético del que habla Gaston Bachelard.
Pero, el tiempo lineal, horizontal, el que se lee en segundos, minutos, horas, días, semanas, meses y años, convertido ahora en materia poética, es la gran placenta donde se va a cobijar el espacio. Los espacios aquellos donde alguna vez alguien fue feliz: “El sitio: un parque cubierto de césped. En el centro, una dama con vestido amplio, de puños y cuello cerrado; un gran sombrero lleno de cintas y plumas, una sonrisa radiante”. Luego: “Está arrodillada y su mano acaricia suavemente un perro altivo, señorial. El armario es bastante alto, con dos puertas y un frontón tallado de arabescos (…). Sobre el estante, un paquete de cartas ilegibles, deterioradas por el tiempo, rodeado por una cinta roja. Luego, la cesta de estambre y las agujas, un frasco de ‘Verdiver’, una edición rústica, dañada por el uso, de la Biblia”.
En el desarrollo del cuento se volverá a utilizar el instrumento descriptivo. Siento, sé, estoy convencido de que no hay nada gratuito aquí: esas pequeñas presencias le están hablando al lector desde su auténtica naturaleza. Algún día Georg Lukács, a propósito de estas enumeraciones descriptivas, me va a decir que: “La novela del siglo XVIII (Lesage, Voltaire) apenas conocía la descripción, que cumplía allí la función mínima, más que secundaria. La situación cambia recién con el romanticismo. Balzac pone de relieve que la tendencia literaria a la cual representa y que a su criterio ha sido fundada por Walter Scott, asigna una importancia mayor a la descripción”.
Reseñados los minúsculos (pero no menos importantes) objetos, el discurso se verá inundado por el amado espacio de la casa: “una vieja mansión”, con “un patio frondoso y aromático”, “el sabor dulce de los higos”, “un largo corredor”, “la mecedora”, “la poltrona”, “los retratos del difunto”, “la biblioteca”, mas… “todo en un estado lamentable”. Me toca, y mucho, ese aire de decadencia física del personaje, lo sigo en su caída vital en esa “metamorfosis destructiva, ilocalizable”, me acongoja ver a la mujer “demacrada, con los pómulos salientes” y “el cabello larguísimo (que) contrastaba siniestramente con la tez amarilla, demasiado amarilla” hasta que “se hizo borroso, se extinguió”. Me toca como lector sensible que soy, pero entreveo en esa misma decadencia, en esas mismas ruinas, lo que María Zambrano valora como un triunfo del devenir más humano y más sagrado: “toda ruina tiene algo de templo; es por lo tanto un lugar sagrado. Lugar sagrado porque encarna la ligazón inexorable de la vida con la muerte (…). Lugar sagrado donde el tiempo transcurre con otro ritmo que el que rige más allá, a unos metros tan sólo, donde la actualidad se agita”.
Septiembre de 1977, quizás viernes, después del ritual del café en el sitio de Peppe: acabo de concluir la lectura (con lágrimas nostálgicas incluidas) de La luna no es pan de horno. Sentados bajo El Manguito, en el sector “A” de la Facultad de Educación. Francisco Liccioni y Nelson Suárez desenfundan primero: cada uno blande, con ese orgullo que da el triunfo de los verdaderos amigos, el cuento que este año ha ganado el concurso de cuentos de El Nacional. Les digo que son hombres muertos: desde hace rato, antes de que ellos llegaran, tengo desplegado sobre la mesa el relato nombrado. El receso de agosto se interpuso en el contacto semanal, pero aquí estamos de nuevo congregados alrededor de un cigarrillo y una taza. Más tarde nos vamos a acercar al Departamento de Lengua y Literatura: rostros conocidos, presencias queridas: profesores de las distintas cátedras: Esther Fernández, Luisa Pla, Manuel Navarro, entre otros. El corazón es una fiesta. Juro que, aunque a distancia, yo estuve en la recepción en Caracas, en la entrega del premio. Juro, también, que soy un personaje del universo de esa luna que no es “pan de horno”, sino “de piedra y fuego, dura, insensible”. Juro que me atrae y me identifico con la valentía que se despliega al asumir la toponimia que asienta a algunas regiones del país: Maracaibo, Bobures, Barcelona, Uchire, Clarines, Cumaná, Puerto La Cruz, el río Manzanares, la vieja urbanización de El Silencio, en Caracas. Y digo valentía, por ese recato, vergüenza o pudor de ciertos narradores venezolanos que los lleva a no mencionar lo que ya la realidad ha fundado, establecido y refrendado.
Sábado, en una playa de Puerto Cabello: qué bueno toparme, en este cuento de Laura Antillano, con la sabrosa sentimentalidad latinoamericana: ya en la primera página estaba escuchando las canciones de Agustín Lara, la voz de Toña La Negra y me instalé en el corazón de los años cuarenta y cincuenta, me mudé a la vecindad de Los Panchos y Leo Marini. Me luce magistral la seguridad con la que la autora sortea el riesgo de lo cursi y construye un texto que va más allá de lo doméstico, lo cotidiano, hasta llevarlo al plano de lo universal. Es una sabia lección de cómo hacer para enaltecer lo trivial, lo pequeño. Jamás “las florecitas de bellalasonce, los encurtidos (…), los porrones de flores blancas (…), la enredadera de nomeolvides (…), los juguetes de cuerdas” habían cobrado tanta relevancia en un cuento, como ahora. Para mí mismo: me prometo preguntarle a Laura, si conoce de su época en Maracaibo, a gente amiga y militante como Arsenio Bermúdez (El Negro Pepe), Tito Núñez Silva, Néstor Bravo, Folleto y otros.
Domingo siguiente, antes de leer los diarios y anotado sin orden riguroso: el desgarramiento interior, la desesperanza, la ausencia y lo inconcluso son el objeto de interés en La luna no es pan de horno. Su final me lo va a confirmar: “… le digo que nos dejó como legado la desesperanza, porque no ha habido nada como ahogarse en esta ausencia, en esta sensación de lo inconcluso”. Hay una noción de lo circular, es una especie de búsqueda de la armonía de asuntos de signo contrario: un tiempo pasado versus un tiempo presente. Generalizando, y sin tomar en cuenta las particularidades de algunas situaciones propias de la existencia de los personajes más destacados del cuento (construido con la concurrencia de sus cosas más cercanas), el pasado es el tiempo de la felicidad y se opone al presente, el tiempo de la infelicidad. Nadie debe confundir, aun cuando existan datos que podrían ser considerados como autobiográficos, la afectividad y apego del narrador (narradora) con los del autor (autora). Me gustaría escribir un cuento de esta índole. Es efectivo el uso del diminutivo, para redondear la idea de un clima amoroso. La figura de la madre evocada no podría existir sin las presencias que conviven dentro de la casa, entendida en el sentido de refugio, de acogedor nido. El discurso narrativo va, sin violencia y de una manera imperceptible, de lo pretérito al ahora. Sin duda que hay la creación de una atmósfera. Me impresiona esa cercanía-lejanía que maneja el personaje: mostrarse involucrado con las situaciones descritas, pero sin dejarse arrastrar por la sensiblería.
Nota: La luna no es pan de horno continua alumbrando sobre el grupo. Alcides Nelson y yo nos hemos instalado a brindar repetidas veces por la larga vida del relato y la autora. Salud.
Miércoles: un aguacero fuera de temporada me ha encerrado en casa ¡Tantas cosas que hacer y yo aquí! sin poder salir, bajo pena de que se me complique la gripe que me ha tomado por sorpresa a partir del domingo último. Vuelvo sobre los libros de los amigos: la edición es de 1988. El título es el de cuento El Nacional. El sello es de Monte Ávila. Me simpatiza uno de los epígrafes de Con los ojos abiertos: “Soy la sombra de una pena”, parte de la letra de una canción interpretada por José Feliciano. Me detengo en Daguerrotipo del príncipe en sepia: releo las anotaciones que en su oportunidad hice: “Reiteración de una frase o de varias frases para avanzar en el relato”. Otra: “Digresión de un personaje para ir al pasado”. O: “Introducción de elementos extraliterarios en el discurso”. O: “Regreso al pasado (¿es Guillermo Meneses quién lo denomina “pasado activo”?)”, anotado con mi letras de garabatos. Un agregado: “El relato se estructura sobre tres objetos, sobre tres nombres, y, combinándolos, permutándolos en un tono evocativo-amoroso, se inicia y se desarrolla en la angustia de los personajes y, finalmente, desemboca donde ha comenzado: unos ojos, la lluvia y el fondo de unos balcones citadinos”.
Sí, Laura le es fiel a su escritura, me digo y miro hacia Las aguas tenían reflejos de plata. Repaso la dedicatoria: “Para Orlando, con la admiración y el eterno cariño por su literatura, su sensibilidad y su amistad”. Espero atravesar pronto y bien, el territorio éste del quebranto gripal para recorrer el golfo de Venecia, o Golfo de Coquivacoa, ese que desde “1498 fue mentado lago y Puerto de San Bartolomé”. Lo mejor de todo es que también somos consecuentes en la amistad.
Orlando
jueves, 13 de marzo de 2008
La novela Perfume de gardenia
La novela Perfume de gardenia de Laura Antillano trama la subjetividad en la memoria familiar y en la histórica: es escritura amorosa, diario íntimo, slogan, graffiti, canción, documento, metatexto. La construcción del sujeto se aleja del yo que narra su sucesivo acontecer para ser identidades proliferantes instaladas en las grietas del tiempo, que desde la sensorial intimidad instalan lo privado en el espacio de lo que también es público, en el plural texto de la cultura.
Catalina Gaspar, Letralia 2005
Catalina Gaspar, Letralia 2005
sábado, 23 de febrero de 2008
Las piernas del bluejeans
Las Piernas del Blue- Jeans.
“Qué triste es quedarse para siempre
en cualquier sitio”
Teresa de la Parra.
“Me acuerdo de haber sido
laurel-rosa y pez mudo”
Pitágoras (s. IV a. de C).
“Enfurécete cuantas veces quieras, pero no te desmayes”
Jane Austen.
Ahí las cuerdas con la ropa recién lavada, ahí mi blue- jeans esperando los rayos solares, aquí, en este patio con este adiós.
La abuela dijo: - Igualita que en su Primera Comunión, “igualita…” y nos asustamos: hacía tiempo que sólo levantaba la manguera y nos regaba a todos como si fuéramos flores, pero de golpe tiene lúcida mirada y sabe que yo soy Ana y mi hermana Beatriz, y que ella es la abuela… Pero no: después que dijo – Igualita que en su Primera Comunión, se volvió al patio, para regar a los vecinos con la manguera.
Mamá me trata como si fuera a morirme: - En unos años más y ya este corte princesa no enseñará ninguna cintura de avispa y me mira triste… Entonces me vengo al patio y ahí están mis blue-jeans en las cuerdas, como si no se dieran cuenta de nada, levantando las piernas a cada volar del viento, y azules como el mar azul, azul fuerte de tela dura para lavar.
El ruchadito del vestido me molesta, mamá está feliz con el encaje, pero a mí me molesta, ¡qué desperdicio! Vestido para una noche y de paso molesta.
La gata Natacha se me cuela entre las piernas y arrastra su pelambre frotándome como si se diera cuenta de este adiós: y la Beatriz también cree que voy a morirme porque ya me pidió mi casete de los Bee Gees porque como ya no lo vas a escuchar, dijo, y que: Porque ya no lovas a escuchar… ¡como si yo fuera a quedarme sorda y no a casarme! Y quiere mi foto de Baryshnikov, y ella dice: Bueno, pero tú tienes a tu Roberto… Ahora no vas a mirar a nadie más, y ¡me aterro! Ahora cree que me voy a quedar ciega, sorda y ciega, ¡pero no le voy a dejar la foto de Baryshnikov, me la llevo y en algún sitio la pongo, ella dice. Roberto se va a ofender, y yo me quedo pensando, no sé, ese bailarín chiquitico del Baryshnikov, con sus ojos penetrantes no tiene nada que ver con mi Roberto, entonces le digo a la Beatriz: - No, Roberto no se molesta porque por mí, él puede llevarse su foto de Olivia Newton John y ponerla en algún sitio también. Y ¿qué tiene que ver Baryshnikov y Olivia Newton John con todo esto, con este adiós?, lo que pasa es que Beatriz no quiere decir lo que debería, pero no importa, mejor así.
Saco los papeles de la gaveta en nuestro cuarto y los reviso, con la mirada de ella filtrándoseme, con los días en esta habitación, con as ramas del cocotero en la ventana, con las láminas de geografía pegadas en la pared, con su colección de estampillas, como mi oso de peluche gastado y sucio, y la miro… miro a la Beatriz, y me da hambre y sed, y me salgo al patio para, otra vez, frente a las piernas de mi blue-jeans colgadas: ponerme a llorar.
Mamá dice que aguante la respiración mientras sube el cierre, me da un pañuelito y: mira que coquetería, el mismo encaje que llevaba la falda del vestido, un pañuelito… será para llorar, no sé me dice y se voltea, yo sé que no quiere mirarme a la cara. Lo único que hay que llorar es lo que pica este vestido, mamá ¡eso es lo único! Y le bajo el cierre y me lo quito rápido.
La abuela llama desde su cuarto: ¡Mamá, mamá, ven a arroparme!, y yo entro y la veo metida en la cama, está tan arrugadita que parece una flor marchita de días, la arropo y redigo: Bueno, duérmete tranquilita, y ella: Dame la bendición, Dios te bendiga, miador, la abuela está de metra con la arteriosclerosis, pero ya nos acostumbramos todos: entre las regadas inesperadas con la manguera y ese andar por el jardín apuradita como si estuviera a punto de hacer una travesura siempre. El otro día se metió en la cocina cuando yo tenía la licuadora a toda velocidad (ligando melón y piña para la dieta del martes), cuando entró parecía una momia egipcia, seria, mecánica; yo sostenía la tapa de la licuadora y la miraba a ella esperando un parlamento histórico, lo peor fue que ocurrió, porque me dijo, muy solemne: Nos engañaron a todas, nos engañaron y nos van a seguir engañando. Solté la tapa de la licuadora y los pedazos de piña y melón volaron (no sé cuándo es que van a mandar a reparar estas cosas en la casa). La seguí a la abuela y le dije: nos engañaron ¿en qué? ¿cuándo?, el nos, el fulano: NOS, donde me incluye y pluraliza ¡me enferma!, pero le vi los ojos y ya supe que la abuela acababa de sintonizar otra emisora: iba directo al patio a buscar la manguera, tenía los ojos de muchachita traviesa en lugar de los de momia- filosófica de antes.
A veces siento que Roberto y yo miramos el mundo como desde un balcón: el mundo es una masa-mazamorra en donde se levantan cosas duras, estables, para no sentir el mal olor, lo que flota de fondo… mejor la silla de extensión con la lona a rayas y el farol de la calle Comercio: allí se gestó todo entre Roberto y yo, ése es nuestro espacio, allí supe de sus miedos y los míos, de la casa de putas y el terror retratado en los ojos y en las maneras del: - póngase la servilleta sobre las piernas, no fume entre comidas, y no le agarre la mano a la novia frente a las visitas-, allí supe de todo lo que él no sabía y allí lo expliqué lo de la regla y esa desazón, ese desvarío.
Mi mamá anda misteriosísima con una fulana conversación que deberemos tener, dice, ya me lo sospecho, ¡pobrecita! hay tantas cosas que ella se va a morir sin saber y que ya yo sé ¡pobrecita!, vengo, y aquí en este patio, mirando mis blue-jeans secándose, estoy mejor que en ninguna parte. El viento eleva las piernas y todo es azul.
Ayer perdí el autobús dos veces: me subía, veía a Roberto parado en la acera y ya me bajaba por la puerta de atrás para besarlo otra vez.
Le pusieron al patio cadenetas de papel de seda y la tía prepara el “chantilly”: a la novia no le puede ver el novio antes de la ceremonia .me encanta el peso del cuerpo de Roberto sobre el mío, el roce de su piel, esa presión, es muy raro pero uno no siente peso, siente piel, el encuentro, y todo es liviano, húmedo, y flota, conozco cada fragmento de su cuerpo y parece que aprendiera a quererlo precisamente a partir de entender que está cicatriz es una caída del columpio a los siete años, y esta marca es de cuando se quemó con la plancha, y ese lunar es el que tiene su tío Raimundo en el mismo sitio.
Ya mamá tuvo la conversación que quería conmigo, me aterroricé, ¡no puedo creer que ella tenga una idea tan triste de la cuestión!, pero no dije nada traté, hasta de poner mirada de asombro, no sé si se me notó algo, pero ella se fue con una cara de preocupación para la cocina.
La abuela quiere que le lleven una taza de leche caliente a la cama, mamá la prepara colocando la pequeña paila sobre la hornilla, vertiendo la leche con riguroso cuidado, y parece que acariciara la cuchara cuando la usa para dar vueltas al liquido.
Yo la miro desde aquí, sentada en el pretil, puedo divisar la cocina y a ella dentro en sus movimientos lentos, hasta que llena la taza, la coloca sobre el plato y se va al cuarto de la abuela, se acerca a la cama, se sienta, y con el plato sobre sus piernas acaricia los cabellos de la abuela que en estos momentos es una niña y no abuela ni mamá. Entonces, yo regreso mis ojos para posarlos sobre este cielo abierto, inmenso, en donde las piernas de mi blue-jeans siguen flotando con el viento de atardecer, y en medio de las nubes apretaditas creo encontrar los ojos de Roberto, reviviendo esta complicidad nueva, este salto secreto, que nos hace mirar el mundo desde la baranda de un balcón.
¿Por qué mamá habla como si fuera a morirme…?
(Cuentos de Película.( 1997).Editado por la Fundación Cinemateca Nacional, Caracas).
“Qué triste es quedarse para siempre
en cualquier sitio”
Teresa de la Parra.
“Me acuerdo de haber sido
laurel-rosa y pez mudo”
Pitágoras (s. IV a. de C).
“Enfurécete cuantas veces quieras, pero no te desmayes”
Jane Austen.
Ahí las cuerdas con la ropa recién lavada, ahí mi blue- jeans esperando los rayos solares, aquí, en este patio con este adiós.
La abuela dijo: - Igualita que en su Primera Comunión, “igualita…” y nos asustamos: hacía tiempo que sólo levantaba la manguera y nos regaba a todos como si fuéramos flores, pero de golpe tiene lúcida mirada y sabe que yo soy Ana y mi hermana Beatriz, y que ella es la abuela… Pero no: después que dijo – Igualita que en su Primera Comunión, se volvió al patio, para regar a los vecinos con la manguera.
Mamá me trata como si fuera a morirme: - En unos años más y ya este corte princesa no enseñará ninguna cintura de avispa y me mira triste… Entonces me vengo al patio y ahí están mis blue-jeans en las cuerdas, como si no se dieran cuenta de nada, levantando las piernas a cada volar del viento, y azules como el mar azul, azul fuerte de tela dura para lavar.
El ruchadito del vestido me molesta, mamá está feliz con el encaje, pero a mí me molesta, ¡qué desperdicio! Vestido para una noche y de paso molesta.
La gata Natacha se me cuela entre las piernas y arrastra su pelambre frotándome como si se diera cuenta de este adiós: y la Beatriz también cree que voy a morirme porque ya me pidió mi casete de los Bee Gees porque como ya no lo vas a escuchar, dijo, y que: Porque ya no lovas a escuchar… ¡como si yo fuera a quedarme sorda y no a casarme! Y quiere mi foto de Baryshnikov, y ella dice: Bueno, pero tú tienes a tu Roberto… Ahora no vas a mirar a nadie más, y ¡me aterro! Ahora cree que me voy a quedar ciega, sorda y ciega, ¡pero no le voy a dejar la foto de Baryshnikov, me la llevo y en algún sitio la pongo, ella dice. Roberto se va a ofender, y yo me quedo pensando, no sé, ese bailarín chiquitico del Baryshnikov, con sus ojos penetrantes no tiene nada que ver con mi Roberto, entonces le digo a la Beatriz: - No, Roberto no se molesta porque por mí, él puede llevarse su foto de Olivia Newton John y ponerla en algún sitio también. Y ¿qué tiene que ver Baryshnikov y Olivia Newton John con todo esto, con este adiós?, lo que pasa es que Beatriz no quiere decir lo que debería, pero no importa, mejor así.
Saco los papeles de la gaveta en nuestro cuarto y los reviso, con la mirada de ella filtrándoseme, con los días en esta habitación, con as ramas del cocotero en la ventana, con las láminas de geografía pegadas en la pared, con su colección de estampillas, como mi oso de peluche gastado y sucio, y la miro… miro a la Beatriz, y me da hambre y sed, y me salgo al patio para, otra vez, frente a las piernas de mi blue-jeans colgadas: ponerme a llorar.
Mamá dice que aguante la respiración mientras sube el cierre, me da un pañuelito y: mira que coquetería, el mismo encaje que llevaba la falda del vestido, un pañuelito… será para llorar, no sé me dice y se voltea, yo sé que no quiere mirarme a la cara. Lo único que hay que llorar es lo que pica este vestido, mamá ¡eso es lo único! Y le bajo el cierre y me lo quito rápido.
La abuela llama desde su cuarto: ¡Mamá, mamá, ven a arroparme!, y yo entro y la veo metida en la cama, está tan arrugadita que parece una flor marchita de días, la arropo y redigo: Bueno, duérmete tranquilita, y ella: Dame la bendición, Dios te bendiga, miador, la abuela está de metra con la arteriosclerosis, pero ya nos acostumbramos todos: entre las regadas inesperadas con la manguera y ese andar por el jardín apuradita como si estuviera a punto de hacer una travesura siempre. El otro día se metió en la cocina cuando yo tenía la licuadora a toda velocidad (ligando melón y piña para la dieta del martes), cuando entró parecía una momia egipcia, seria, mecánica; yo sostenía la tapa de la licuadora y la miraba a ella esperando un parlamento histórico, lo peor fue que ocurrió, porque me dijo, muy solemne: Nos engañaron a todas, nos engañaron y nos van a seguir engañando. Solté la tapa de la licuadora y los pedazos de piña y melón volaron (no sé cuándo es que van a mandar a reparar estas cosas en la casa). La seguí a la abuela y le dije: nos engañaron ¿en qué? ¿cuándo?, el nos, el fulano: NOS, donde me incluye y pluraliza ¡me enferma!, pero le vi los ojos y ya supe que la abuela acababa de sintonizar otra emisora: iba directo al patio a buscar la manguera, tenía los ojos de muchachita traviesa en lugar de los de momia- filosófica de antes.
A veces siento que Roberto y yo miramos el mundo como desde un balcón: el mundo es una masa-mazamorra en donde se levantan cosas duras, estables, para no sentir el mal olor, lo que flota de fondo… mejor la silla de extensión con la lona a rayas y el farol de la calle Comercio: allí se gestó todo entre Roberto y yo, ése es nuestro espacio, allí supe de sus miedos y los míos, de la casa de putas y el terror retratado en los ojos y en las maneras del: - póngase la servilleta sobre las piernas, no fume entre comidas, y no le agarre la mano a la novia frente a las visitas-, allí supe de todo lo que él no sabía y allí lo expliqué lo de la regla y esa desazón, ese desvarío.
Mi mamá anda misteriosísima con una fulana conversación que deberemos tener, dice, ya me lo sospecho, ¡pobrecita! hay tantas cosas que ella se va a morir sin saber y que ya yo sé ¡pobrecita!, vengo, y aquí en este patio, mirando mis blue-jeans secándose, estoy mejor que en ninguna parte. El viento eleva las piernas y todo es azul.
Ayer perdí el autobús dos veces: me subía, veía a Roberto parado en la acera y ya me bajaba por la puerta de atrás para besarlo otra vez.
Le pusieron al patio cadenetas de papel de seda y la tía prepara el “chantilly”: a la novia no le puede ver el novio antes de la ceremonia .me encanta el peso del cuerpo de Roberto sobre el mío, el roce de su piel, esa presión, es muy raro pero uno no siente peso, siente piel, el encuentro, y todo es liviano, húmedo, y flota, conozco cada fragmento de su cuerpo y parece que aprendiera a quererlo precisamente a partir de entender que está cicatriz es una caída del columpio a los siete años, y esta marca es de cuando se quemó con la plancha, y ese lunar es el que tiene su tío Raimundo en el mismo sitio.
Ya mamá tuvo la conversación que quería conmigo, me aterroricé, ¡no puedo creer que ella tenga una idea tan triste de la cuestión!, pero no dije nada traté, hasta de poner mirada de asombro, no sé si se me notó algo, pero ella se fue con una cara de preocupación para la cocina.
La abuela quiere que le lleven una taza de leche caliente a la cama, mamá la prepara colocando la pequeña paila sobre la hornilla, vertiendo la leche con riguroso cuidado, y parece que acariciara la cuchara cuando la usa para dar vueltas al liquido.
Yo la miro desde aquí, sentada en el pretil, puedo divisar la cocina y a ella dentro en sus movimientos lentos, hasta que llena la taza, la coloca sobre el plato y se va al cuarto de la abuela, se acerca a la cama, se sienta, y con el plato sobre sus piernas acaricia los cabellos de la abuela que en estos momentos es una niña y no abuela ni mamá. Entonces, yo regreso mis ojos para posarlos sobre este cielo abierto, inmenso, en donde las piernas de mi blue-jeans siguen flotando con el viento de atardecer, y en medio de las nubes apretaditas creo encontrar los ojos de Roberto, reviviendo esta complicidad nueva, este salto secreto, que nos hace mirar el mundo desde la baranda de un balcón.
¿Por qué mamá habla como si fuera a morirme…?
(Cuentos de Película.( 1997).Editado por la Fundación Cinemateca Nacional, Caracas).
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